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Desde la azotea de una polifacética ligeramente pirada...

Manufacturas Luna, S. A.

Mudanzas

Mudanzas Llegó el momento. Me mudo aquí
No voy a cerrar este blog de momento. Me cuesta marcharme, porque estaba a gustito :)). Espero sentirme bien en el nuevo, y espero que os guste. No hay grandes cambios, viene a ser lo mismo, pero ordenado de otra manera :D.
Nos vemos allí ;)

Imagen:Jeremy C Thomason
08:07 p.m. Escuchando: Boedekka "The piper, the devil, the poet and the priest"
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

Tinta sobre tiempo IV

Tinta sobre tiempo IV Estaba cansado. Le escocían los múltiples arañazos que las plantas le habían dejado en la piel. También los niños estaban cansados, incluso la propia Conchi aparecía algo ojerosa y aun más silenciosa que de costumbre.
Se fueron todos a la cama pronto, y antes de que dieran las doce en el reloj de la iglesia del pueblo, cuyas campanas resonaban lejanas, como un eco profundo que tenía algo de estremecedor, en la casa reinaba el silencio, la tranquilidad aparente que suele contener las más inoportunas tensiones.
Javier no podía dormir. Daba vueltas en la cama húmeda de sudor, e intentaba no pensar. Pero no lo conseguía. Sumido en una especie de duermevela pegajoso e intranquilo, le parecía ver a su ex sonriéndole desde la oscuridad del pozo abandonado, justo desde el centro de la oquedad en la piedra. Una sonrisa brillante, que invitaba al beso, y desde luego al recuerdo.
No quería recordar. Encendió la luz de la mesilla, para espantar los fantasmas de su imaginación, y estos salieron por la ventana con rumor de hojas, casi podía sentirlos, se iban con pereza, con desgana, obedeciendo su orden, porque él todavía era el dueño de sus recuerdos. O por lo menos eso pensaba.
Se levantó irritado consigo mismo, sintiéndose inmaduro e incapaz de dominar sus sentimientos.
Miró por la ventana, y vio como una media luna afilada recortaba las copas de los árboles con su hoja, al compás de un ulular de búhos que parecían cantarle una nana a la vida para que descansara en los brazos de la madre tierra.
Respiró profundamente, y poniéndose una camiseta y un pantalón corto, se decidió a salir.
El campo le estaba esperando, le llamaba prometiendo consuelo y comprensión, le hablaba de brisas suaves que se llevarían su melancolía. Y él acudió.
Apenas se había alejado cien metros de la casa cuando la vio, la silueta algo difusa a la escasa luz del cuarto creciente, extrañamente quieta, las manos a los lados del cuerpo, ligeramente abiertas, expectante.
Se volvió sobresaltada por el ruido (escaso) que él hizo al aproximarse, y cuando lo vio se llevó una mano al corazón en una actitud que en ella parecía un tanto teatral.
- ¿Qué haces aquí?
Era inútil intentar ocultarlo, tenía los ojos anegados en lágrimas, la luz incierta se posó en sus ojos lo suficiente para que él se diera cuenta.
- No podía dormir, y salí a dar una vuelta, hace un tiempo estupendo ahora para pasear, mucho mejor que de día.
Sonrió con desmayo. Ella le cohibía allí más que nunca, como si el aquel prado fuera su territorio y él un invasor.
- Yo también tenía insomnio. Creo que es una de esas noches en las que uno está tan cansado, que precisamente por eso no puede dormir.
Sus labios se curvaron en una sonrisa casi divertida.
Javier, que prestaba una atención extraordinaria a los gestos de las personas, se creyó libre para intentar tener una conversación con ella, un poquito más íntima de las pocas y breves que habían tenido hasta ahora.
- Es que después de trabajar, los dos críos. Me sorprende de veras como podéis combinar eso algunas mujeres. Además los niños tienen una energía que a veces puede resultarle agotadora a una madre.
Esta vez la expresión de él era decididamente amigable, invitándola a seguir hablando.
Conchi se puso muy seria y empezó a andar hacia la casa, murmurando un “si” de compromiso que le dejó perplejo, porque sonaba roto y cansado, sonaba vulnerable, realmente, y la vulnerabilidad, a la Conchi que él conocía, le era totalmente ajena.
- ¿No quieres pasear un poco más?
Su voz sonaba tan poco convincente que a él mismo le entraron unas ganas repentinas de refugiarse en la oscuridad de su cuarto, de desaparecer.
- No
Esta vez cortante, bella y cortante como el filo de la luna que les espiaba desde arriba.
Porque era bella, él podía ver eso. Y seguía sin gustarle. En su belleza anidaba el dolor, un dolor sordo y confuso que creaba un espacio entre ella y el resto del mundo.
- Buenas noches Javier
La había ido siguiendo casi sin darse cuenta. Se despidió y subió a su habitación. Allí se quedó tendido en la cama, con la lámpara encendida, pequeña y amarilla pretensión de protegerse contra el pasado que podía volver por la ventana abierta a instalarse en su cabeza.
Conchi también se acostó , después de comprobar que al menos los niños si dormían.
Ella apagó la luz, y sólo entonces se llevó las manos a los ojos para secarse unas lágrimas que el aire de la noche ya se había llevado.
Empezó a estirar las piernas y la espalda, haciendo ejercicios de relajación, primero tensión en el talón, puntas hacia arriba, aguantar ahí, y luego destensar combando ligerísimamente las lumbares, separando las piernas por las rodillas, desmadejándose, una y otra vez.
Hasta que se durmió.
(Continuará...)

Imagen: Archivo (retocada con Photoshop)
12:56 a.m. Escuchando: el viento

Derribos, rebajes y nivelaciones Martínez

Derribos, rebajes y nivelaciones Martínez Estoy en obras, por eso posteo poco últimamente. Voy siguiendo un blogoproceso de lo más normal, creo yo. Es decir, quiero una bitácora más personalizada, y lo estoy intentando (es duro eh :D). Además he subido un montón de fotos al fotoblog , lo he reorganizado un poquito y he añadido algunas foticos de un amigo de Santander, que espero que os gusten.
El título del post es porque esos derribos me persiguieron durante toda mi infancia y adolescencia, había letreros de esos por toda Barcelona. Eran como una obsesión de las de peli de miedo uhhhh. He buscado en Internet, y no les veo, al menos no con ese mismo nombre.
Pues eso, que estoy de derribos, rebajes y nivelaciones y aprovechando para aprender cositas, que como decimos en catalán “fent i desfent apren l’aprenent” que viene a significar “haciendo y deshaciendo aprende el aprendiz”.
Vuelvo enseguida ;)

Imagen: Moonsa
01:07 p.m. Escuchando: Savina Yannatou - Songs of the Mediterranean

Tinta sobre tiempo III

Tinta sobre tiempo III Al día siguiente se lo contó a Conchi, y le preguntó si sabía algo acerca de la casa. Ella le respondió que no había oído nunca hablar de una casa tan cerca de allí, y le miró como miraría a uno de sus hijos si le acabara de decir que había visto un elfo saltando de seta en seta por el bosque.
No insistió. Era dolorosamente obvio que no valía la pena. Aquella mujer era educada, y cortés, pero las conversaciones que podía mantener con ella siempre acababan pareciéndose a las típicas que se tenían en un ascensor, esas en las que al final ambos interlocutores se encuentran mirando los fluorescentes del techo. Bueno, él se quedaba así; ella se abstraía totalmente, su cabeza se iba a otra parte, a veces ella misma se iba literalmente a otra parte dejándole plantado con una última sílaba aun colgando de los labios, como una lágrima huérfana.
Avanzó por el camino recordando su sombra deslizándose por la casa, eficiente, ligera, silenciosa, esquiva.
Había llegado al lugar donde el día anterior había dejado de trazar el sendero. Miró detrás de él. En el suelo se veía la huella de sus trabajos. Realmente había avanzado mucho. Se descolgó la mochila, guardó el disc-man y sacando las herramientas se puso manos a la obra.
Entre las espinas que se enredaban en su ropa y se lanzaban a veces sobre él como latigazos, siempre creía atisbar algún pájaro, un gato o un conejo; oía movimientos y escudriñaba los alrededores por entre las hojas y las flores blancas y rosadas, preludio de compota de moras que haría las delicias de los niños en Septiembre.
A su derecha vio algo, más piedras, parecía un pozo.
Javier decidió desviarse un poco del camino para ver si el pozo contenía agua. Con gran sorpresa no tardó en descubrir que, además de tener agua, y una profundidad considerable (cosa que comprobó lanzando una piedrecita, con el estómago encogido, dentro de la resonante oscuridad), había sido recientemente utilizado. La piedra tardó un poco en llegar, pero finalmente pudo oír su chapoteo. Pensó en volver con una cuerda para atarla a algo pesado y comprobar la profundidad. Se preguntó entonces perplejo para qué, pero sabía que lo haría, quizás era sólo su curiosidad, vieja compañera que le había causado tantos problemas, pero también le había bendecido con gratas y generosas sorpresas.
El caso es que el pozo parecía haber sido usado. Estaba desbrozado por el lado opuesto al que había despejado Javier, donde se iniciaba un diminuto camino de hierbas pisoteadas que enseguida se confundía con la maleza. Y había una señal clara. El borde estaba mojado y chorreante, como si hubieran sacado agua de él hacía muy poco.
¿Quién sacaba agua de un pozo oculto en la maleza, que manaba tan abajo, y en el que no se veía ni cubo ni cuerda, sino tan sólo una vieja polea oxidada y vacía?. Aquello le desconcertó, pero su mente se negó a penetrar en aquel nuevo enigma sin haber resuelto primero el que le había llevado hasta allí.
Volvió al camino principal, y siguió cortando ramas, con fuerza, rápidamente (demasiado quizás). En pocos minutos se dio cuenta de que más que abrir un camino en la espesura, estaba luchando contra ella con verdadera rabia. Y la vegetación se defendía con uñas y dientes; cuanto más violento y agresivo era él, más arañazos y golpes recibía. Pero seguía avanzando, con un ligero zumbido en las orejas, casi mareado. Más tarde pensaría de dónde procedían la ira y la locura que le impulsaban en su quijotesca batalla con la maleza. Ahora sólo podía seguir. Una rama gruesa le golpeó con fuerza el pómulo izquierdo, y al realizar un movimiento brusco para apartarla, una espina se desprendió de su botánico enemigo para incrustarse en su mejilla, haciéndola sangrar.
Se detuvo, jadeando. Aquello era una locura.
Se quitó la espina y soltó un malhumorado gruñido. No le gustaba perder el control de ese modo. Oteó las sombras delante de él, y suspirando se volvió para recoger las herramientas. Era hora de volver a casa. Se secó la sangre con un pañuelo, y se quedó mirando la mancha roja sobre la tela azul, cansado, melancólico sin saber por qué.
Bebió un sorbo de agua de la botella que llevaba en la mochila. Estaba asquerosamente tibia. Sucio y lleno de arañazos, emprendió el camino de vuelta bajo el sol del atardecer. Necesitaba una ducha. También le hubiera gustado tener a alguien que limpiara sus heridas (no sabía con certeza si estaba pensando en las del cuerpo, o en las del alma), que le revolviera el pelo y le escuchara hablar entusiasmado de sus descubrimientos absurdos. Pero al llegar sólo encontraría a Conchi, con una reprimenda muda en la mirada y una aséptica indicación acerca de las toallas limpias.
Si al menos tuvieran un perro, probablemente saldría al camino a recibirle y terminaría de ponerlo perdido apoyando las patas sobre su pecho. Pero los niños le habían contado que tuvieron uno cuando papá vivía con ellos, y murió. Después mamá nunca más quiso otro perro.
(Continuará...)

Imagen: "Stone Well" Mark Carey
11:48 p.m. Escuchando: Dead Can Dance - Whitin the Reialm of a dying Sun

Tinta sobre tiempo II

Tinta sobre tiempo II Se había convertido en una obsesión. Cuando llegó, con sus mapas nuevos, y algunos viejos que consiguió hablando con los empleados del Ayuntamiento hasta aburrirles, no tenía claro por dónde iba a empezar.
Así que se sentó en el patio de Conchi y desplegó todo el material sobre una mesa blanca de jardín, para decidir cual sería su punto de partida.
Después de casi una hora de infructuosos cálculos de probabilidades, se cansó, y recogiéndolo todo se fue a dar una vuelta. Salió de la casa por la puerta de la cocina, que daba al campo, y se puso a andar hacia delante, sin darse cuenta de que las hierbas cada vez eran más altas y más espesas alrededor de sus pantalones.
Hasta que llegó a una pronunciada pendiente, cubierta de espinos, y se paró, más por inercia que por otra cosa, mirando alelado hacia los árboles y arbustos que crecían al final de la pendiente. Se quedó así, adormecido por los cucos que se respondían de rama en rama, por el zumbar de un abejorro que se dedicaba a pasar en vuelo rasante junto a su oreja, por el fresco sonido del riachuelo que oía, pero no podía ver. De pié, los ojos entrecerrados, contemplando la tupida maraña vegetal.
Fue saliendo de esta especie de duermevela hipnótico en el que le había dejado la naturaleza (demasiado tiempo en la ciudad le hace a uno especialmente sensible a sus efluvios), y se dio cuenta de que algo no encajaba.
Lo tenía delante de él, pero no era capaz de verlo. Todavía.
Allá abajo, entre zarzales y tupidas ramas de brezo, se erguía un enorme castaño. Sólo, viejo como el viento del valle, reinando altivo sobre el resto de la vegetación. A su alrededor parecía recortarse la espesa mata de arbustos en una amplia circunferencia.
Una incongruencia vegetal en medio de una hondonada.
Empezó a moverse al borde de la pendiente, buscando un lugar más despejado dónde acercarse. No lo había, así que metió las botas en algunos zarzales, con el consiguiente estropicio en sus pantalones, y en sus piernas, a fin de ver el castaño más de cerca. Buscó todos los puntos de vista posibles. Y al fin lo vio. Piedras, unas sobre otras, dispuestas por la mano del hombre sin lugar a dudas, grises, viejas, lejanas, escondidas. Pero piedras, al fin y al cabo, el vestigio de un muro.
He ahí el porqué del castaño irguiéndose solitario en su círculo. Allí había una casa, y ese árbol le pertenecía. Aunque a juzgar por las apariencias más bien la casa había pasado a pertenecer al bosque.
Echó a andar siguiendo el borde de la pendiente, hasta encontrarse en un camino. Lo siguió, explorando hacia el lado del castaño, deteniéndose a cada paso. Una ligera elevación del terreno..
Se puso de puntillas, y metió la cabeza por entre entre las tupidas ramas de helecho que lo cubrían todo convirtiendo aquella pequeña meseta en una selva para duendes. Por un momento le pasó por la cabeza que en aquel lugar había jabalís, y se estremeció. Era absurdo. Si se encontraba con uno, probablemente el animal huiría mucho más asustado que él mismo. Apartó como pudo las ramas para mirar a un lado y a otro, tenía la cabeza cubierta de hierbajos que se enredaban con su pelo, y se temía, también de simpáticos bichitos montañeses.
Pero vio más piedras. Y encaramándose vio el castaño desde otro punto de vista; allí había una casa, con toda seguridad. Una casa que no estaba en ninguno de los planos antiguos. No ahí.
Volvió al patio de Conchi, y a su pequeño archivo cartográfico; no estaría de más asegurarse. Pero no, no había casa alguna en aquel punto. La única explicación es que fuese más antigua que los mapas del Ayuntamiento.
¿Tenía importancia realmente?
Para él la tenía. En ese mismo momento decidió empezar a trazar un camino entre las altas y espinosas matas para poder llegar hasta la casa. No tenía sentido, pero tenía que hacerlo.
(Continuará...)

Imagen: "Old map" Eaglezen
12:28 a.m. Escuchando: Carmen McRae "Between the Devil and the deep blue sea"

Tinta sobre tiempo I

Tinta sobre tiempo I Batir de alas, corretear de pies descalzos, polvo de lluvia sobre los cerezos, silencio de niños fotografiados. Cae la tarde, resbala sobre los tejados perezosa y mojada, lánguida y azul.
El ladrido de un perro, el motor de un coche que se pone en marcha, un leve piar de pájaros lejanos que vuelan indecisos bajo el agua casi imaginaria, todo se integra en el silencio dulce y ligero del atardecer, que llega de puntillas entre nubes de tormenta y una suave brisa que limpia el aire y mece la lluvia, dejando las minúsculas gotitas suspendidas en medio de un suspiro del cielo, posándose en lugar de caer.
Se ha quedado dormido en un recodo del patio, sentado en una tumbona vieja.
Sueña lagunas de mercurio que danzan envolviéndole los pies.
Los críos pasan otra vez, riéndose y gritando. Pero este sonido también forma parte del silencio amplio y magnánimo que lo cubre todo.
Un niño de papel flota sobre el fluido plateado y cambiante, avanzando en diagonal hacia un horizonte de cristales amarillos que cabecea como un cascarón de nuez en una tormenta.
- Javi
El niño se estremece, es de papel cuadriculado, no tiene ojos, ni boca, ni orejas, sólo unas largas piernas recortadas que no le sirven para andar sobre el estanque enloquecido de mercurio.
- Javi, son las cuatro.
La voz es tan seca, tan vacía, que al oírla piensa que si sonara al borde de un precipicio inmenso, ni siquiera se oíria el eco. Pero se despierta.
- Voy – la voz de él es un eco en sí misma, llena de resonancias agridulces,
pastosa por el aguardiente que se tomó ayer. Oscura como la noche instalada en ese ser del cual apenas brota.
Ella se ha ido, en cuanto le ha intuido despierto, sin esperar respuesta. Ha dado su mensaje. Misión cumplida.
Javi sacude la cabeza y le parece notar en su interior ruido de arena, arena caliente y menuda que sisea de una oreja a la otra mensajes que no puede adivinar.
Sin duda ella le toma por loco y por idiota, pero de momento le respeta, porque le paga el alquiler, y alguna vez le cuida a los niños cuando tiene que salir por la noche.
En otro tiempo él hubiera intentado ahondar en aquella aparente frialdad, hubiera buscado una intimidad espiritual, puede que incluso física, aunque ella no le atraía. Quizás no le atraía porque era tan lejana, de él, de sí misma, incluso de los dos pequeños que la cubrían de besos cuando volvía del trabajo, a los que ella respondía con una palmadita cariñosa, en tanto que se metía en la cocina para hacerles la cena, y con la misma eficiente frialdad le decía a Marita, la canguro, que podía irse a casa.
Pero él estaba allí persiguiendo un delirio, y una mujer que parecía la quintaesencia del espíritu práctico no se le antojaba lo más apropiado para compartirlo, ni siquiera como con una buena amiga.
La casa estaba bien, era soleada, limpia, disponía de un espacio amplio y acogedor por un precio razonable, nadie se metía en su vida, y estaba cerca del objetivo.
Le dijo que buscaba casas abandonadas, que era un aficionado a las rutas de montaña y quería reconstruir un antiguo mapa del valle, y añadirle fotografías, hacer como una reconstrucción de lo que aquello había sido hacía mucho tiempo, cuando aún había campanas en la iglesia y muertos en el cementerio.
Ella no le creyó. A veces ocurre, cuando la verdad es tan sencilla. La gente no te cree.
Pero no le dijo nada. Se limitó a coger su dinero y hacerle una breve exposición de las normas de la casa. Tampoco le explicó porque había puesto un anuncio para alquilar la habitación. No parecía necesitarlo. Pero si ella no preguntaba él tampoco lo haría.
Buscó sus herramientas. Todo estaba en orden, tijeras de podar de diversos tamaños, una azada mediana, un pico, un rastrillo pequeño. Guantes para apartar las espinas de las matas que iba desbrozando en su reconstrucción de un camino que llevaba más de cien años sin serlo, hacia la casa que parecía haberse metamorfoseado en zarza.
Metió lo que pudo en la mochila, y lo que no pudo lo colgó de ella.
- Adiós – le dijo al vacío. Ella no estaba, y los niños andarían pegados a sus faldas, mendigando con sus caritas sucias un poco de cariño materno, como si su madre pudiera subirse a la escalerita de la cocina y sacar eso de un armario, igual que si se tratara de galletas. Nunca lo recibían, pero seguían insistiendo con el mismo entusiasmo de dos cachorros ciegos que no saben que lo son.
Se puso los auriculares, y conectó el discman. Adiós Nonino, de Astor Piazzola, le iba como un guante a la tarde vestida de dama antigua que se escondía entre los árboles para que la luna no la encontrara, para robarle tiempo al tango y seguir bailando un rato más entre las sombras cada vez más oscuras. Se le ensanchó el alma. El aire era tibio y le hacía promesas tentadoras de espacio ilimitado para recorrerlo en pos de los árboles y las rocas, marcas de caminos aún por descubrir. Eran las promesas del mercurio movedizo en medio de un paisaje de primavera que latía despacito, durmiéndose, y cuanto más languidecía la hora, más se despertaba Javier, los ojos brillantes y la frente alta, en dirección a la casa que había perdido una batalla eterna con las plantas.
(continuará...)

Imagen: Kolja Tatic
12:04 a.m. Escuchando: Yann Tiersen (L'Absente)

Onírico II

Onírico II Noche cerrada de vagones color sepia, adornados de luces que mienten en cada puente, meciéndose en la música de las horas sin tiempo. Locura de maletas importantes e insignificantes, necesarias todas, de colores y tamaños diferentes, danzando en el aire polvoriento del tren lleno de pasajeros que están en otra dimensión espacio temporal, en tanto que tu y yo viajamos reñidos y patéticos en nuestra desesperación por el equipaje, dentro de un reloj propio que desafina los minutos irrespetuosamente.
En medio del vacío, en el fondo del útero de agrietada tierra amarilla y reseca, en el suelo de ninguna parte, la estación oxidada nos absorbe desde sus fauces llenas de fluorescentes inventados. Una escalera tan alta como caerse en un sueño me invita a darme prisa. Espérame, coge las cosas, rápido, rápido, yo me llevo la llave a un sitio seguro.
En mi descenso me acompañan las voces de los ciudadanos en tránsito, amables y bienintencionados, casi cariñosos: “Date prisa o no podrás sacar las maletas del tren”.
Mi angustia les grita en silencio que ya se que estoy corriendo contra un imposible. Y aprieto el paso, siempre bajando, hasta el cemento derretido, hasta los cristales cinematográficos y leves donde me esperan sorprendidos los rostros de los amigos jamás encontrados.
El recorrido por la trepidante desesperación gris ha sido demasiado largo, lo sé, y él, con esa cojera en el alma no podrá danzar con la carga de su vida arriba y abajo en las malditas escaleras.
No importa, ella ya está en otra parte, arrebujada en las sábanas del delirio, escondida en tu cabello largo, suspirando alcohol y pesadillas, gimiendo contra la pared del miedo, sintiéndote llegar como a un extraño. Perdóname te dice.
En ese instante se da cuenta de que le ha engañado, sin remordimientos, sin pena, sin placer, sin notarlo apenas, sin saber...
Todo porque la llave de la maleta se quedó en la maleta que nunca llegó a bajar del tren.

Imagen: “Night train” Michael Gibbs
12:41 a.m. Escuchando: “Fantasie en la mineur” Saint – Saens (por Markus Klinko, arpa)

Decisiones (Parte II)

Decisiones (Parte II) No se asusta, sólo le parece que está flotando en un mundo irreal que acaba de crecer a su alrededor como un gigantesco diorama. Por eso no duda en levantar la cabeza de la mujer, que descansa apoyada en la mesa, cogiéndola por el pelo con cuidado. Los rasgos otrora sensuales y redondeados del rostro de la esposa del director, emergen en la penumbra, ahora pálidos y angulosos, como una bofetada.
Deposita otra vez la cabeza con cuidado sobre el escritorio. Con una sangre fría que desconocía poseer, le toma el pulso, en las muñecas y en el cuello. Está muerta, si, su sola frialdad inerte lo proclama tan llamativamente como un cartel de neón. Y el pulso lo confirma.
Respira hondo y mira en el bolso de la muerta. Pastillas. No hay sangre, por eso ha imaginado desde el primer momento que ha ingerido alguna dosis letal de algún fármaco. Da unos pasos hacia la pared del fondo, donde debería estar su objetivo.
Por un momento su cabeza se llena de voces, de imágenes vertiginosas que amenazan con acabar con su cordura definitivamente. Lo aleja todo de sí con un brusco movimiento de cabeza. Fuera. Fuera. Tiene que llegar hasta el final. La muerta ya no importa. Y ella no notificará lo ocurrido. Eso es lo que haría un ciudadano responsable, y ella ya no lo es.
La música sigue sonando. Llega desde la ventana abierta, desde la calle. Al fin y al cabo allí nunca ha habido nadie, se dice. Sólo la silueta desmadejada de lo que algún día fue una mujer.
Se acerca a la rejilla de ventilación. Sabe que puede abrirse sólo haciendo palanca, y así lo hace, con el abrecartas. Clic, y ya está en su mano, sucia y añosa como las deudas del hombre que acaba de quedarse viudo sin saberlo.
Mete la mano en el hueco, tanteando la pared. Él se lo había mostrado hacía ya mucho tiempo, pero le aseguró que si lo cambiaba de lugar se lo diría. Y ella le creyó. Aquel empresario soñador y vanidoso no confiaba en nadie más que en ella. O sería mejor decir que no confiaba en nada más que en la curva de sus pechos bajo su mano temblorosa, en tantas noches de hotel. Mudas, sin cariño, sin gemidos, sólo como la culminación de un ansia oculta para el uno, y el cumplimiento de un sórdido deber autoimpuesto por la debilidad de la otra.
Nota una irregularidad en la pared, alarga más el brazo, y encuentra el borde de la placa de metal pintada de blanco. Tira de ella con las uñas, y la placa cae al suelo del pasadizo de ventilación levantando una nube de polvo de yeso blanco, con un ruido seco, que rebota en las paredes de la estrecha abertura y le devuelve un eco tenue y cansado.
Palpa con cuidado en la nueva oquedad que la placa ha dejado al descubierto, y alcanza un paquetito del tamaño de una cajetilla de tabaco.
Está envuelto en una raída tela azul que huele a viejo. Contiene un estuche de imitación de cuero, de dudoso gusto, de color marrón oscuro y con una minúscula cerradura.
Saca la llave de su pantalón y tantea con cuidado. Se abre enseguida. Impaciente lleva su recién hallado tesoro cerca de la ventana para verlo a la luz de las farolas de la calle.
Incrustada en un forro de gastado terciopelo negro, hay una minúscula piedra anaranjada y rasposa.
Pestañea desconcertada, arrimándose aún más a la ventana. Pero lo que ve se parece muchísimo a una piedrecita de la playa...o peor aún. A un cálculo renal. Probablemente es un cálculo renal. Lo suelta con asco, y mira fijamente la cajita como si aún pretendiera hallar el esperado diamante en su interior. La abre con fuerza, rompiéndola casi, y entonces puede ver algo en lo que no había reparado antes. La parte superior el forro es de satén blanco, y en él, con la escritura irregular que deja un bolígrafo sobre la tela, pero con una claridad terrible, se lee una sola palabra.
PUTA
Ve la cara de la muerta mirándole desde unas cuencas vacías, riendo con unas carcajadas fantasmales que parecen sacadas de una mala película. Pero ella la ve, la oye y de fondo la música de relajación sigue sonando desde la ventana. Ve sus últimas tres semanas pasar ante ella llenas de gente y de sonidos, como un vagón de metro en hora punta que huye veloz hacia un túnel que no existe.
No le ve a él. Sólo a la gente, la gente que se ríe de ella. La muerta que se ríe de ella.
Se detiene ante el escritorio intentando calmar su agitada respiración, y lo consigue, mirando la nuca de la mujer muñeco.
Ella vivirá. Encontrará a otro pusilánime al que satisfacer con su cuerpo y su paciencia para escuchar. Claro que antes tendrá que recuperar su figura.
Piensa rápidamente mientras camina hacia la salida.
Está demasiado delgada, aquellas semanas de tensión la han dejado en una sombra de la mujer que normalmente era.
Pues engordará.
Se gira bruscamente hacia la nevera estropeada. Recuerda que dentro solía haber galletitas saladas, frutos secos, por si había que ofrecérselo a alguna visita.
Efectivamente, hay galletas. Muerde una. Está un poco blanda pero servirá para empezar.
Plantada delante del frigorífico se come lentamente todas las galletas que hay en el paquete.
Y se va, con la determinación que nace de la misma impotencia, caminando con paso firme hacia alguna nueva forma del viejo tedio.

***
El asustado empleado de una empresa de mudanzas encontró a la muerta al día siguiente.
Cuando le hicieron la autopsia hallaron un diamante de gran pureza y considerable tamaño dentro de su estómago.

Imagen: "Dig creature" Graphic Alibi

03:18 a.m. Escuchando: Satie "Gymnopedie n. 1"
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Decisiones (Parte I)

Decisiones (Parte I) Se detiene en cada recodo, prudente, escuchando cada crujido de la madera, cada caricia del viento en las ventanas, cada motor ronroneando lejano desde la calle, cada gota errabunda que desacompasada cae en algún lavabo.
La oscuridad se le pega a la camisa como el sudor del pánico, fría y desagradable, aprisionándole con las vendas de la duda, ralentizando sus pasos, que apenas resuenan sobre las baldosas. Es tan liviana ahora.
No puede, ni quiere, recordar los días que lleva sin probar bocado, tumbada en la cama de su habitación, un pequeño estudio en un ático que se ha convertido en un lujo que no puede permitirse.
Sólo recuerda la lluvia en las ventanas, como un torrente de llanto, desesperado, frío y azul, que al día siguiente se convertiría en un cuadro abstracto que ella podría haber llamado “Manchas pardas sobre cristal”. Sonríe. La lluvia y los libros desparramados sobre la cama, invitándola en susurros, compitiendo discretos por ganar su atención.
Pero su ánimo vagaba lejos de aquellas cuatro paredes que se le habían quedado estrechas, que se habían convertido en la cárcel cotidiana de su propio tedio, en un símbolo de su incipiente locura.
No quiere pensar en eso. Y no lo hará. Tiene que concentrarse en cada uno de los pasos, en cada una de las rayas del suelo, en cada una de las sombras de los esqueletos mecánicos inanimados que aún quedan en el edificio.
Una música suave, amortiguada por la barrera de alguna puerta, se acerca a ella ondulante, abrazándola como el humo de un narcótico, con la leve consistencia de una brisa.
¿Música?
No es posible, se dice a sí misma, intentando conservar la serenidad, no es posible que esa música sea real, aquí no hay nadie. No hay nadie excepto ella.
O al menos eso creía cuando entró.
Parapetada tras un archivador y una marchita planta tropical, que se hacen compañía en las sombras, se queda muy quieta, pensando. La oscuridad le parece algo casi sólido, y el sudor de sus manos es real, muy real, está muerta de miedo.
En pocos segundos está enfadada, consigo misma. Si está aquí es para hacer algo importante, si está aquí es para dar un paso que ha preparado en su mente y ha entretejido en sus sueños, de noche y de día, las tres últimas semanas. Así que no va a echarse atrás ahora por el eco de una música inverosímil que llega de algún lugar donde no puede haber nadie.
Hace días que se fueron todos. Algunos cabizbajos y preocupados, porque no sabían muy bien adonde ir. Otros con cierta alegría reprimida, respirando liberación, sin importarles demasiado lo que pudiera venir después.
Unos pocos aseguraban haber estado presentes cuando dos policías de paisano y una mujer que probablemente era una psiquiatra se llevaron al director.
Un par de días más tarde vinieron las furgonetas a llevarse ordenadores, impresoras, incluso algunas mesas, las mejores y más nuevas. Rescatados del desastre algunos muebles y máquinas viejos permanecían allí, testigos mudos de la estrepitosa caída de un gigantesco castillo de naipes. Aquí una máquina de escribir vieja, que no marcaba las “z”, allá una nevera que hacía tiempo había pasado a la categoría de armario auxiliar, archivadores de metal mostrando los arañazos plateados que el tiempo había hendido en su pintura gris.
No hay luz. Pero ella se mueve con soltura allí dentro.
La música sigue sonando, sin variar de intensidad, parece una de esas largas e hipnotizadoras melodías relajantes.
Pero más bien la está poniendo nerviosa, al menos en estas circunstancias.
Mete la mano derecha en el bolsillo de su pantalón, y toca la llavecita como si fuese un talismán. Es menuda y fría, pero en aquel momento le parece lo más vivo y tangible que puede encontrar a su alrededor. En la izquierda lleva un abrecartas de metal de afilada punta.
La música procede de lo que en su día fue una salita de espera para las visitas.
Sonríe de nuevo. No es un momento muy oportuno para las visitas...y aún menos para la clase de visitantes que podían presentarse en un edificio de oficinas de dos pisos que se ha quedado sin ocupantes hace semanas y cuando son más de las diez de la noche.
Se decide.
Abandona toda cautela, avanza con paso firme hacia la puerta cerrada, y la abre.
La poca claridad que entra desde la calle por la ventana la desconcierta, y guiña los ojos varias veces para acostumbrarse a esta nueva penumbra que inesperadamente sustituye a la negrura anterior.
Tarda en darse cuenta de lo que esta viendo en realidad, porque primero distingue una forma que no debería estar allí, pero todos los contornos están desdibujados, el juego de luz y sombra los diluye y envía mentiras fugaces a su retina.
Poco a poco el cuadro se va convirtiendo en una imagen completa. Es una mujer, y muy probablemente está muerta.
(continuará...)

Imagen: "Sound mind" Firesong

01:48 a.m. Escuchando: Massive Attack - "Inertia Creeps"

Abandono

Abandono En los intersticios de la pared de piedra vieja crecían hierbas y musgos en tal cantidad, que la casa parecía estar cubierta con un abrigo de lana tejido con ovillos de diferentes tonalidades de verde. Por el cuello del abrigo asomaba una chimenea que algún día debió de ser blanca, pero ahora era un montón de grises pinceladas en desorden que apuntaba al cielo.
A la altura del pecho se abrían dos ventanas estrechas de las que sólo quedaban los marcos polvorientos, y un poco más abajo, entre ellas, el vestigio del grabado de un reloj de sol, con su aguja oxidada hendiendo el aire del mediodía.
Y finalmente la puerta, un enorme portón de madera surcado por las venillas y los ojos de los que algún día fueron árboles, castigada por el viento y la humedad, pero aún recia y bien aposentada en sus goznes. Una fiel guardiana que ya no tenía nada que guardar, salvo nidos de ratones y reuniones clandestinas de malas hierbas.
Algún día hubo allí risas de niños, música y palabras, olvidos y lágrimas, pasión y rutina. Quien sabe, quizás sucedió allí alguna de esas escalofriantes historias que se cuentan en el campo alrededor del fuego en invierno, o puede que una vez la casa fuera el nido de un amor campesino, recién estrenado, oliendo a espliego y a lavanda, con cachorros de gatitos correteando por las escaleras y macetas alegres en las ventanas.
O tal vez el recuerdo resultaba ser más gris y no había sido más que el techo que cubría a un hombre sólo y huraño que tenía por únicas compañeras a las montañas...
El sauce del jardín se sigue meciendo al son de la brisa, sin nostalgia, sonriendo entre el llanto de sus ramas, viendo pasar la vida y esperando que un día vuelva a detenerse a descansar bajo su sombra, y se cuele de rondón por la gatera, y agite los muros desgastados hasta que salga por la chimenea el humo blanco de las ilusiones nuevas. Espera confiado, él sabe. Y los pájaros saludaran a los nuevos moradores desde el frescor otra vez limpio y claro de la alberca. Pronto. Por eso sonríe, y espera.

Imagen: While you are asleep

12:52 p.m. Escuchando: Marisa Monte (Rose and Charcoal)

Relatos imposibles - "Zorba, no saltes!" Segunda Parte

Relatos imposibles - "Zorba, no saltes!" Segunda Parte Ana oyó la voz de su abuela clara y diáfana en mitad de la noche, y sobresaltada se incorporó en la cama preguntándose si la pobre anciana empezaba a tener visiones raras.
Asustada como estaba no se atrevió a abordar directamente a su abuela, y como un rayo cruzó el piso hacia la habitación de sus padres para avisarles, sin poder evitar mirar al pasar hacia la puerta desde donde provenía la voz, que estaba entreabierta y por la que salía la luz de la lámpara de la mesilla de noche. Y en la que para su mayor pasmo vio claramente recortada la silueta oscura de la espalda de un hombre.
Entro en la habitación de sus padres como una tromba, intentando hablar bajito, aunque sus entrecortados susurros más bien resonaban como si salieran de un barril.
“Mamá! La abuela dice que hay un hombre! Pero es que el caso es que hay un hombre!”
Su padre se dio media vuelta en la cama murmurando entre dientes que sólo faltaba que a la abuela le diera por ver cosas extrañas de madrugada, y su madre entreabrió los ojos pensando más bien que la que había perdido un tornillo era Ana.
“Un hombre? La abuela debe estar fatal...”
“Que no mamáaaaaaa que hay un tíoooooo ahíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!”
Ana temblaba de miedo, viendo ya en su imaginativa cabecita como el hombre se acercaba con sigilo provisto de un cuchillo para cortarlos a todos a la juliana, y en su pánico apremió a su madre para que hiciera algo.
Finalmente la madre se levantó, y también el padre, y pidiéndole que se tranquilizara y esperase allí salieron de la habitación.
Legañosos y en pijama acudieron al cuarto de la abuela, pero no llegaron, porque en el pasillo apareció nada menos que el estudiante, muy nervioso, repitiendo la letanía que la madre de Ana ya conocía bien: “Ustedes, mi familia, yo quedarme aquí”.
El señor Ramón dio un respingo y exclamó alucinado: “Pero hombre de Dios! Por dónde ha entrado usted?” en tanto que la señora Ana se quedaba clavada, dudando de si era víctima de una alucinación.
El estudiante se dirigió a la cocina, abrió la puerta del lavadero, donde amablemente les señaló el lugar por donde había entrado: “Por aquí” dijo muy serio. Resultó que por aquí era cruzando sobre las cuerdas del tendedero de poleas, desde el lavadero contiguo, como un funambulista, y a una altura de cuatro pisos.
Ana, que les oía hablar, se acercó con cuidado, y al oír las exclamaciones asustadas de su madre, cruzó de nuevo el piso hacia su cuarto, con el corazón amenazando saltarle del pecho.
El señor Ramón, demostrando una serenidad a prueba de bomba, y al oírle explicar a su mujer que el “hombre” en cuestión era el inquilino de los vecinos, le acompañó hasta la puerta, dándole paternales consejos e intentando hacerle comprender que aquello era una imprudencia y que mejor que ni se le ocurriera volver a intentarlo, y que se tomara una tila, que le haría bien, y se fuera a dormir porque sino despertaría a Paco (el marido de Helena) y le asustaría.
Cabizbajo y aparentemente convencido, el estudiante se fue.
En unos segundos la familia entera, exceptuando al hijo pequeño, que dormía ajeno a todo aquel ajetreo, estaba reunida en torno a la abuela, que más fresca que una lechuga contaba lo que había visto como si de una novelita se tratara.
Fue entonces cuando oyeron a Paco gritar:
“Zorba, no saltes!”
Ana sintió unas ganas de reír terribles, producidas por la histeria, al oír el nombre del estudiante, que sonaba tan griego que parecía irreal. Su madre la arrastró hasta la habitación de su hermano, que se había despertado con las voces de Paco, y la conminó a quedarse quieta allí dentro.
Zorba fue funámbulo por segunda vez, ante el espanto y la consternación de Paco y sus vecinos, y saltó dentro de la cocina, exclamando exaltado que aquella era su familia, que se iba a quedar allí, ¡y que quería acostarse con Nuria!.
Ana estaba susurrándole (esta vez si, en voz casi inaudible) a su hermano de ocho años lo que pasaba, cuando oyó eso y se quedó muy quieta, muy blanca, y sin pensárselo dos veces se metió debajo de la cama, una de estas camas plegables con mueble que dejan tan poco espacio entre el somier y el suelo, dónde aún hoy se pregunta como consiguió entrar.
El chaval, al que le encantaban las historias de miedo y había heredado una generosa dosis de la imaginación de la familia, agarró una figura de barro que él mismo había hecho en el colegio (pretendiendo representar a su padre), y aplastándose contra el rincón que había detrás de la puerta anunció: “Tranquila, si viene le doy con esto!”
Mientras tanto Paco había llamado a su hermano para pedir ayuda, y acudía a casa de los vecinos consternado, a intentar llevarse consigo al funambulista. Pero Zorba ya no atendía a razones, y empezaba a mostrarse agresivo, así que la señora Ana se lanzó sobre el teléfono de su habitación, y llamó a la policía.
En ello estaba cuando el estudiante fue finalmente llevado a casa de Paco, con muy buenas y tranquilizadoras palabras, y en menos que canta un gallo volvía a saltar por el patio de luces ante el terror de todos los presentes.
La policía llego a tiempo para impedir que en otro alarde circense el tal Zorba se matara cayendo de un cuarto piso.
Cuando les vio, altos, cuadrados, vestidos de uniforme, se puso como loco, y entre todos los hombres que había allí, que a estas alturas ya eran cinco, descontando al enfurecido saltador de patios, apenas conseguían agarrarle. Finalmente le esposaron, y se lo llevaron.
Luego uno de los policías entró en la casa, para “ver el lugar de los hechos”. Ana, muerta del susto, y sin ningún recato, le saludó desde la silla de la cocina donde estaba despatarrada, bebiendo a morro de una botella de Agua del Carmen, vestida con su camisoncito de verano que mostraba más de lo que cubría. Entretanto su madre intentaba “reducir” al hermanito, que creyéndose protagonista de una película de espías, revoloteaba por toda la casa como un poseído, y su padre (sereno siempre, por supuesto) y Paco hablaban con la policía.
Unos días más tarde se descubrió que Zorba padecía periódicamente ataques de un tipo de esquizofrenia poco común, y fue repatriado a Grecia.
Cuando Helena volvió y se lo contaron no se lo podía creer. Ana le decía que en medio de todo el lío, en ningún momento llegó a verle la cara a Zorba, y eso la inquietaba bastante. Helena, en un rasgo de humor muy típico de ella, le guiñó un ojo y le dijo: “Bueno, ahora ya se ha ido, pero tu si algún día vas por la calle, y oyes una voz de hombre que te llama Nuria, ¡CORRE!” ;).

Imagen: Jean Estelle

03.43 p.m. Escuchando: David Newman (A cat in the hat)

Relatos imposibles - "Zorba, no saltes!" Primera Parte

Relatos imposibles - "Zorba, no saltes!" Primera Parte La nueva vecina de Ana era un encanto, una chica griega que acababa de llegar de su país, hablando poquito español, casada con un hombre mucho mayor que ella. Él era algo taciturno, y apenas le veían. No tardaron en saber que su vecino padecía una enfermedad de tipo depresivo, y que era crónica...De hecho Helena y ellos lo averiguaron al mismo tiempo, puesto que fue precisamente un sobrino de sus vecinos el psicólogo que le visitó. Ella, que era una mujer toda dulzura y sonrisas, que cuando se reía hacía que se agitaran divertidas todas las sábanas en los tendederos, y los geranios del piso de abajo estiraran el cuello para curiosear; ella, que cantaba con Ana desde su balcón, y le contaba cosas de su país, para luego escuchar sus interminables retahílas de aventuras adolescentes...se desmontó. La enfermedad de su marido fue como un mazazo en el tejido de ilusiones que había venido cosiendo retazo a retazo desde su primer viaje a España. Él era un buen hombre, culto, sensible y educadísimo, pero su depresión hacía que se encerrara en su mundo de nubes grises, y eso era lo que desmontaba la contagiosa y chispeante alegría de Helena. Poco a poco se fue convirtiendo en un integrante más de la familia de al lado , una especie de hermana mayor para Ana, y con la ayuda de todos sus amigos y una presencia de ánimo digna de encomio, Helena se reconstruyó a sí misma en relativamente poco tiempo. Salía, con un grupo de griegos, que se reunían semanalmente para charlar, bailar, comer y beber y compartir algunos recuerdos de su patria. Bailaba el sirtaki deliciosamente, siempre con la sonrisa de niña pícara en su carita de bombón de chocolate blanco. Ana por entonces estudiaba psicología en la facultad. Se pasaban horas charlando, porque Helena había sido enfermera en Grecia y le contaba casos y cosas muy interesantes.
Un día les anunció que se iba un par de semanas a ver a su familia, y que mientras estaba fuera, en parte por tener una ayuda económica, y en parte para que su marido no estuviera sólo, iban a tener a un estudiante viviendo en la casa. Se lo explicó enseguida a sus vecinos para que no se sorprendieran si veían allí a un extraño. La despidieron entre besos y abrazos, y la vida siguió su curso normal, o casi. Porque el nuevo inquilino del piso de al lado irrumpió en ella de repente, a raíz de una lavadora que no funcionaba, la suya. La madre de Ana, le vió desde el lavadero pelear con botones y grifos preocupado, y le preguntó que le pasaba. El aparato se negaba a obedecer al que para él era un desconocido, y la ropa permanecía enjabonada y apelotonada sin que pareciera haber remedio a la situación. La buena señora, en atención a Helena, y porque era una mamá pollo de por sí, se ofreció a aclararle y centrifugarle aquella ropa. El vecino aceptó y se deshizo en agradecimientos balbuceados en precario español.
Al día siguiente, se presentó en la casa. La madre de Ana le abrió confiada, y sonriente, pensando que el pobre muchacho quizás tenía más problemas domésticos, Pero no, el chico sólo acertaba a hilvanar frases que sonaban más o menos: “Muchísimas gracias, ustedes ahora ser mi familia. Yo querer quedarme aquí con ustedes, porque ser familia....” ella escuchaba educadamente, intentando entenderle y la vez hacerle marchar, cuando él de repente vio una fotografía de Ana sobre el mueble del recibidor.
“Es Nuria!” exclamó visiblemente emocionado “La veo en Facultad Filología”
La pobre mujer, que ya estaba más que mosca, acompañada por la señora de la limpieza, una andaluza de rompe y rasga que se había asomado en calidad de guardaespaldas improvisado, le contestó que aquella chica no se llamaba Nuria, sino Ana, que era su hija, y que no estudiaba Filología , si no Psi-co-lo-gí-a (así, silabeando, por si no la entendía).
El insistió, y ahora el balbuceo sonaba más o menos así: “Es Laura, y ustedes mi familia, y yo querer quedarme en esta casa”.
Con el desconcierto que os podéis imaginar, la madre de Ana y su guardaespaldas intentaron echarle de allí, y lo consiguieron después de bastante rato de diálogo para besugos, pero sin perder las formas.
Después de que se tomaran un café con leche y unas galletas comentando lo ocurrido e intentando adivinar que le pasaba al extraño vecino, la paz volvió a la casa, llegó la noche, y con ella, Ana, que venía de la facultad con una compañera.
Se lo contaron y le pareció rarísimo. Entraron en la habitación para estudiar, y abrieron la ventana, porque todo esto pasaba en uno de esos pegajosos veranos barceloneses. A su amiga le pareció ver una sombra en el lavadero de los vecinos, repetidas veces, pero cuando se lo decía y Ana miraba, por lo visto la sombra se escondía, así que pensó que eran imaginaciones provocadas por el relato de su madre.
Hasta que la compañera de clase se fue a su casa, y la familia a dormir.
Ana siempre padeció de insomnio, y cuando lograba dormirse, se despertaba con el zumbido de una mosca. Con más razón la despertó la voz de su abuela de 87 años, serena, pero en tono perentorio, que decía desde su cama:
“Nena, aquí hay un señor”
(continuará...)

Imagen : Gretchen Jones

01:11 p.m. Escuchando: Satie "Gymnopédie"

Sola

Sola Esta poesía ya tiene un par de añitos...pero tenía ganas de ponerla y aquí está.
(Los no catalanoparlantes podéis leer una traducción aquí , aunque las traducciones siempre pierden mucho para mi gusto, sobre todo en cuanto a rima y ritmo, pero que le vamos a hacer!)

Sal entre els dits
i el vent del mar que m’acarona l’esperit.
Genet indòmit de la nit
em sento mentre cavalco mar endins,
curulla de neguit
i fent volar coloms.
Pregona vagarejo sense rumb,
tocada per la gràcia de l’oblit.
No hi ha regnes per aturar tanta passió,
ni sella per redimir la por,
tant sols hi ha un abeurador de plors
i un rastre de clavells marcits.
Com estimo l’amor
i com em clava llances
i com em tira pedres!
Com es pot fer
per a no demanar-lo
quan tant te’n falta
i tant el necessites?
I canto trista, sola, cor endins, plena de ràbia,
potser sense la ràbia no tindria la música?
Se’m perd l’esguard
sobre la lluentor rosada del capvespre,
i el so del mar
que poc a poc s’empassa la foscor de la tarda
em dona pau.
Assedegada i nua, me’l beuria, el mar
de tant com em cal la pau que a dins hi trobo,
però no, no podria,
que la sal m’encendria les ferides
i el meu pit ja no te espai per més dolor.
El desig punyent esclata
contra l’espigó de soledat immensa,
es fan parracs d’escuma blanca sobre el mar
plens de sospirs, petons i melangia.
Que les meves mans són buides sense unes altres mans,
que els meus llavis s’esquerden sense uns altres llavis,
que les meves llàgrimes em solquen les galtes
i el sol ardent m’hi fa créixer flors grises.
M’he enfilat a la lluna d’argent,
i temerària, penjada amb els meus dits per una punxa,
em deixo bressolar pel vent.
Que be s’hi està!
Vull viure aquí per sempre,
abraçada a un somni,
amb els núvols per sostre,
i el blau del mar als peus.

Imagen: Erik de Jong

2:51 a.m. Escuchando: Curved Air - "Vivaldi"

La Puerta

La Puerta -No puedo
Lo dice con fuerza, casi como si lo escupiera, aunque la voz suena algo cascada por el tiempo que lleva sin utilizarla. Un mosquito pasa cerca de él y percibe con disgusto el zumbido molesto del insecto en medio del silencio de la tarde.
“Querer es poder” le recuerda una voz interior que su memoria ya creía muerta. Y se ríe, por dentro, con una carcajada silenciosa, quebrada y amarga, se ríe de sí mismo, de los tópicos en los que creyó, del idealismo en el que naufragó hace tiempo, abandonándose después a la deriva de la vida agarrado apenas a la carcomida tabla de su orgullo para sobrevivir.
Hace mucho calor, seguramente estaría mejor entre las gruesas paredes de piedra de la casa, pero se ha quedado clavado en el porche, y no puede moverse hacia delante, ni tampoco hacia atrás. La puerta está ahí, recortándose luminosa contra el perfil del bosque y las montañas, que parecen una sombra irreal pintada en una de esas postales antiguas de color sepia.
Espanta con la mano una sutil telaraña de excusas que le nubla la vista. La puerta sigue ahí, entreabierta, y un tenue rayo de luz amarilla escapa dibujando senderos volátiles en el aire, en el pequeño espacio que parece marcar la frontera entre el vacío, y una posibilidad de vida.
-No puedo...
Su voz es apenas un susurro, roto por algo que recuerda vagamente al llanto que perdió hace tiempo cuando se vació su alma.
Enredando los dedos con su espesa y larga barba siente una especie de repugnancia, pero a su fatigado cinismo le divierte notar la suciedad y el acartonamiento que su pelo, su ropa y su corazón comparten.
“No puedo” piensa. Pero ya se ha levantado, muy despacio, como si temiera romperse, ahíto de pereza y de tedio viejos como el cielo que le cubre de resplandores rojizos mientras el sol también le deja sólo.
El comedor es un oscuro desierto poblado tan sólo por el polvo y las telarañas, una mesa, dos sillas, una botella de agua turbia, y una gran caja de cartón manchada de humedad.
Se quita la ropa con cuidado, y la dobla acariciándola con las puntas de los dedos, como si se estuviera despojando de un traje de seda, para colgarla finalmente sobre la silla con infinito cuidado. Da un largo sorbo a la botella de agua sucia sin pestañear si quiera, aunque de seguro sabe a charca cenagosa...
Ni siquiera se digna mirar alrededor, lleva los ojos bajos, mientras su mente está ocupada desterrando los últimos “no puedo” que asoman a sus pupilas tomando la forma de las primeras lágrimas que vierte en muchos años.
La puerta parece palpitar como un ser vivo en medio del atardecer que se consume.
“¡Adiós!!!!!!!!” Grita con rabia, con una fuerza que creía definitivamente perdida, y que parece resquebrajar el suelo en mil pedazos y hacer rugir al viento en un clamor de despedida.
Y así desnudo, aferrado al aliento de vida que inopinadamente sintió nacer ayer en lo más hondo de las grietas de sus manos, abre la puerta con cuidado y se deja absorber por la luz dorada y suave que emana desde lo desconocido.
Y con un pálido bosquejo de sonrisa asomando a las comisuras de los resecos labios piensa bajito, cómplice de sí mismo, por penúltima vez esperanzado “Esta vez aprenderé a volar”

Imagen: Debra McClinton

03:04 p.m. Escuchando: Yo Yo Ma ( Soul of Tango-Astor Piazzola)
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Onírico I

Onírico I Hay una cebolla enorme en la ventana, y a través de ella se ve un mar de niebla negra, donde un pulpo con alas de ángel se está comiendo a un gato vivo. El gato suena como un reloj de cuco ahogado en la madrugada de una bailarina, mientras se derrite como una vela que ha llegado tarde a una cita. Tengo miedo de los tejados ominosos que me vigilan desde el circo ambulante de las tripas de un vagabundo, que se ha bebido un río de azucenas para apagar su sed de lámparas de vidrio. El ángel ha parido un ratón blanco que maúlla como el silbato de un afilador, y quitándose la piel de pulpo se ha sumergido en el llanto de la cebolla frígida que se mecía en la ventana. El ratón se va, deslizándose por una vereda de espinas de rosa: Todo se diluye como un beso de sombra en la mejilla de un niño de barro....

Imagen: Es una ida de olla mía, la podéis ver ampliada... :D

00:20 a.m. Escuchando: Ella Fitzgerald (Ella abraça Jobim)
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